Umberto Eco y la IA: de la invasión de los imbéciles a la fábrica de lo verosímil

Si el profesor Eco estuviera vivo ¿Qué pensaría sobre la Inteligencia Artificial Generativa?

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Umberto Eco y la IA

Hace unos días tuve una conversación muy reveladora con un profesor italiano de Ingeniería en Minas sobre Inteligencia Artificial. Mientras intercambiábamos ideas sobre IA, lanzó una frase que me dejó pensando: “La inteligencia artificial es un absurdo. No es inteligencia. No crea nada nuevo. Es un compendio estadístico de millones de datos que repite patrones”. 

Esa reflexión me hizo evocar inmediatamente al profesor Umberto Eco (fallecido en 2016) y sus advertencias sobre los medios de comunicación masivos, y me llevó a preguntarme: ¿qué habría dicho el profesor Eco sobre la IA generativa?

Si Eco viviera hoy, no hubiera necesitado más de diez minutos con ChatGPT para diagnosticar la escena. No se habría sorprendido tanto por la tecnología como por nuestra reacción ante ella. Porque él ya había visto esta película.

Cuando en 2015 habló de “la invasión de los imbéciles” —esa frase feroz sobre las redes sociales que señalaba que estas herramientas daban “derecho de palabra a legiones de imbéciles que antes hablaban solo en el bar”— no estaba insultando a nadie. Estaba describiendo un cambio de régimen: la caída de los filtros culturales, editoriales y periodísticos que organizaban el sentido. 

Antes que aparecieran las redes sociales, la necedad quedaba confinada al bar, al living, al almuerzo familiar. Con el auge de herramientas como Facebook o Twitter a partir de 2009, la necedad se volvió global, amplificada, equiparada en volumen a la palabra experta.

Pero esa advertencia tenía un segundo piso, todavía más inquietante. En 2011, Eco alertó que Internet estaba creando “seis mil millones de enciclopedias separadas”: un mundo donde cada persona construía su realidad informativa sin verificación común, sin cultura compartida, sin un piso mínimo donde ponernos de acuerdo. Lo que entonces era una metáfora brillante, hoy es una radiografía. De esas enciclopedias sin filtro surgieron terraplanistas convencidos de estar iluminados, antivacunas con canales de YouTube, conspiranoicos con bibliografías enteras de sitios falsos.

Eco lo predijo con precisión milimétrica: si todos producen conocimiento sin jerarquía, surge “fundamento” para cualquier cosa, incluso para aberraciones que ponen en riesgo vidas humanas. Basta que “Pepito” diga en redes sociales que las vacunas causan autismo para que miles de padres pongan en riesgo la salud pública no vacunando a su hijo, y propiciando la reaparición de enfermedades ya erradicadas. Ese es el efecto de las seis mil millones de enciclopedias: cada cual escribe su Biblia personal.

Ahora bien: si las redes sociales amplificaron la idiotez humana, ¿qué hace la IA generativa?

La respuesta, en clave del profesor Eco, es brutal: la IA generativa industrializa la necedad.

Ya no se trata solo de que cualquiera pueda hablar; ahora cualquiera puede producir —en segundos— un texto coherente, elegante, verosímil pero completamente falso. Si las redes democratizaron la opinión sin filtro, la IA democratiza la apariencia del conocimiento sin fundamento. Pasamos de millones de enciclopedias privadas a millones de textos plausibles generados por nadie. Es el siguiente escalón en el colapso del filtro: del editor al algoritmo, del autor al modelo de lenguaje. 

En las redes, Eco veía a millones de voces sin filtro hablando al mismo volumen que un Premio Nobel. En la IA generativa encontraría algo aún más inquietante: discursos sin sujeto, textos impecables en la superficie pero sin experiencia vivida detrás. Ya no es solo que cualquiera pueda decir cualquier cosa; ahora cualquier cosa puede ser dicha por nadie en particular, con una sintaxis perfecta y una seguridad demoledora que de fundamento a cualquier cosa. 

Es en este contexto donde Eco se vuelve urgente. En 1964, cuando escribió Apocalípticos e integrados —en plena explosión de la televisión, los cómics y la cultura de masas—, él describía dos formas de enfrentar los nuevos medios: los apocalípticos, que ven en cada invento el fin de la cultura; y los integrados, que celebran todo avance sin hacerse preguntas. Eco nunca se quedó cómodo en ninguno de los dos bandos. Su apuesta era una tercera posición: crítica sin nostalgia, curiosa sin ingenuidad.

Más de medio siglo después, el debate sobre la IA generativa se parece demasiado a esa vieja disputa. Hoy vemos lo mismo: los profetas del apocalipsis que anuncian el fin de la humanidad por la IA donde las máquinas nos van a reemplazar, y los evangelistas del hype que prometen productividad infinita a punta de prompts. De un lado, quienes ven en cada modelo un anticipo del colapso; del otro, quienes confunden probar un prompt con haber entendido el fenómeno social, económico y político que hay detrás. Tanto unos como otros confunden ruido con comprensión.

En mi columna de abril, “Entre el hype y el pánico: la inteligencia artificial necesita una tercera vía”, defendí justamente ese otro camino: ni miedo irracional ni entusiasmo acrítico, sino espacio para la experimentación, la reflexión y la alfabetización digital crítica. Una postura que calza, sin proponérselo, con lo que Eco pedía hace ya más de 60 años: no adorar ni demonizar la tecnología, sino analizarla. Menos consigna y más análisis semiótico. Menos “la IA nos va a salvar” versus “la IA nos va a destruir” y más: ¿qué tipos de discursos produce?, ¿qué jerarquías desplaza?, ¿qué filtros destruye y cuáles podríamos construir?

La frase “la inteligencia artificial es un absurdo” que sale en la conversación con el profesor italiano de ingeniería en minas, es un comentario que estoy seguro va en la línea de lo que él profesor Eco habría planteado si estuviera vivo. Él habría subrayado, con su agudeza característica, que el peligro no está en la máquina, sino en la ilusión humana: esa ilusión de creer que porque el texto parece inteligente, lo es; la ilusión de que podemos externalizar nuestro pensamiento crítico; la ilusión de que lo verosímil equivale a lo verdadero.

Si la IA simula nuestra capacidad de escribir, decidir y argumentar, entonces el problema central deja de ser técnico y pasa a ser cultural. No es solo lo qué hace el modelo, sino lo qué dejamos de hacer cuando naturalizamos esta herramienta como atajo permanente. No es “qué responde la máquina”, sino qué preguntas dejamos de formular.

La advertencia del profesor Eco, actualizada para esta era, sería probablemente esta:

“El problema no es que la máquina escriba, sino que dejemos de leer críticamente lo que escribe”.

Por lo tanto la IA generativa no es una simple continuación de la invasión de los imbéciles que planteaba el profesor Eco, sino su mutación cualitativa:

•⁠ ⁠De la opinión sin filtro, pasamos a la prosa sin experiencia.

•⁠ ⁠De la multitud que grita, pasamos a la máquina que habla en nombre de cualquiera.

•⁠ ⁠De seis mil millones de enciclopedias privadas, a seis mil millones de textos plausibles producidos en segundos y que justifican cualquier cosa o fundamentan cualquier posición. 

No es solo la invasión de los imbéciles.

Es la invasión de los discursos sin rostro.

No es solo la voz del ignorante que resuena al mismo nivel que un premio Nobel.

Es la fábrica automática de lo verosímil lo que avanza.

Y es aquí donde la tercera vía —esa que defendí en mi columna de abril— se vuelve también, creo, el camino que el profesor Eco habría propuesto para la IA generativa: ni apocalipsis ni rendición entusiasta, sino una práctica deliberada de alfabetización crítica, una educación que enseñe no solo a usar modelos, sino a dialogar con ellos, a desconfiar de lo verosímil, a reponer el filtro que los algoritmos han dinamitado.

Para ir cerrando, un apunte no menos importante: no vengo a dar lecciones sobre Eco ni a autoproclamarme su intérprete autorizado. Vengo a usar sus ideas como inspiración para pensar esta nueva era que estamos viviendo. Y en ese ejercicio, creo que su legado nos ofrece algo más valioso que predicciones: nos ofrece un método.

Por eso, si queremos honrar a Eco en la era de la IA generativa, no basta con citar su famosa frase sobre los imbéciles. Hay que hacer lo que él hizo toda su vida: tomarse en serio los medios que no nos tomamos en serio, analizarlos antes de condenarlos y, sobre todo, defender la responsabilidad humana de filtrar, interpretar y discutir.

En la era de la IA generativa, hay que reconstruir el filtro perdido. Hay que educar en la duda, en la contrastación de fuentes y en fortalecer el músculo que distingue evidencia de rumor. Y hay que reivindicar esa tercera vía: la que no teme la tecnología, pero tampoco le cree ciegamente; la que experimenta, pero no abdica del juicio; la que entiende que, en la era de la máquina parlante, nuestra responsabilidad humana no disminuye: se multiplica.

Que la máquina hable o imite la “inteligencia” no significa que hayamos perdido la voz. Significa que estamos obligados a usarla mejor.